Conocí a Marc Girona a raíz de la publicación de mi libro Un canto en los dientes y su invitación a que lo presentara en el casal okupa al que pertenece, o tal vez fue cuando acudí a comprar algún abono al grow shop que regenta desde hace quince años, y de paso recomendarle el libro. Marc es un convencido antisistema, como lo catalogan los cuerpos represivos y opresores que imponen su mezquino concepto del orden y la vida, y lleva once años colaborando activamente con los grupos antirrepresivos de Terrassa, integrados en la SAT y que luchan por implantar por fin la justicia en la sociedad. “Si no luchas contra el sistema opresor, ¿para qué vives?”, me dice.

En la batalla por la regulación del cannabis siempre ha estado en primera fila denunciando lo absurdo e interesado de la dichosa prohibición, que tanto daño hace en el mundo entero. Exige que “la mariguana sea reconocida como una de las mejores medicinas regalada a los hombres por la madre tierra”. Porque lo es, de ahí el interés de las farmacéuticas por prohibirla y sustituirla por esos medicamentos tan llenos de efectos secundarios, a veces tan siniestros como los causados por la talidomida, de tan triste e impune recuerdo.

«El interés de la prohibición reside en las farmacéuticas«

Cuando nos hicimos amigos, él fumaba por lo menos diez porros al día, esa mezcla de tabaco y hachís, que fue como se introdujo la marihuana en España; una mezcla, a mi modo de ver, nada sana. Se inició en el consumo a los dieciséis años: Sin embargo, nunca ha sentido esos efectos adversos que, insisten los prohibicionistas, acompañan al consumo de marihuana: falta de atención, falta de compromiso social, incapacidad laboral. Todo lo contrario. Eso sí, dejó de estudiar y se buscó la vida en la carpintería, y continúo luchando como siempre, e incluso más, pues sentía en sus propias carnes las nefastas consecuencias de la prohibición. Le pregunté si ese consumo continuo le amodorraba, si sufría despistes y olvidos, pero me contesto que no: “La única vez que sentí que la marihuana colaboró con el estrés y la prisa fue cuando me descuidé y me hice un pequeño corte en un dedo con una sierra de carpintero”, se sincera. El punto de inflexión que le hizo replantearse el casi compulsivo consumo de porros, que en absoluto le distraían de sus deberes y compromisos sociales y familiares, fue la muerte de su madre con apenas una cincuentena de años, pero con los pulmones reducidos a su mínima expresión a causa del excesivo abuso del tabaco, concretamente dos cajetillas de Ducados al día. (Los fumadores de tabaco siempre fuman la misma marca, ¿es acaso por el adictivo específico que les acompaña? Nunca he visto ansia tan grande como la de un amigo que cayó en crisis aguda por el alcohol y el tabaco, Ducados, y nadie le sacaba de esa marca. Cuando fui a verlo al hospital apretaba contra su pecho un paquete de Ducados, y tenía tal ansia que opté por darle fuego para que se relajara siquiera un momento. Se lío una gorda, pero él se calmó.) Fue cuando Marc vio en cada cigarrillo la inquietante calavera, y le repugnó tanto fumar porros, que decidió dejarlo en el acto. “En ese tabaco adulterado está la muerte”, dice.

Le pregunté si le costó mucho dejarlo, pues según los cánones establecidos por los prohibicionistas, tendría una severa adicción de difícil curación, pero nada: ni mono ni adicción síquica. Contestó: “Lo canalicé a través del duelo”. Dejó de fumar porros y durante tres semanas fumo sólo marihuana, y luego fue dejándola paulatinamente hasta que… ¡Se acabó! Desde entonces se mueve por el saturado ambiente del club cannábico y no siente ningún deseo de volver a fumar. ¿Llenarse los pulmones de esas resinas tóxicas que acaban matando? No. Tampoco se pone histérico como se pondrían casi todos los exfumadores en medio de semejante ambiente tan tentador. Por cierto, algunos otros miembros del club han probado el método de solo fumar marihuana para dejar de consumir los adulterados cigarrillos y les ha funcionado. A lo mejor es el método ideal

Marc no siente ninguna necesidad de volver a fumar, y para nada le ha cambiado la percepción de la vida el dejar el hábito de la hierba, y digo hábito ya que adicción en este caso no sería procedente. Marc se siente igual y continúa en la lucha contra el sistema, que transforma al hombre en el mejor animal domesticado.

Info: Revista Cañamo

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